La Madre Naturaleza no es nuestra amiga – Sam Harris

La pregunta anual de “Edge” – 2008

“¿Sobre qué ha cambiado su opinión? ¿Porqué?
La ciencia se basa en la evidencia. ¿Qué sucede cuando cambian los datos? ¿Cómo han los descubrimientos científicos o argumentos cambiado su opinión?”

Sam Harris:

Como mucha gente, alguna vez confié en la sabiduría de la Naturaleza. Me imaginaba que había límites reales entre lo natural y lo artificial, entre una especie y otra, y pensaba que, con el advenimiento de la ingeniería genética, estaríamos jugando con la vida a nuestro propio riesgo. Ahora creo que esta visión romántica de la naturaleza es una mitología sofocante y peligrosa.

Cada 100 millones de años más o menos, un asteroide o cometa del tamaño de una montaña se estrella en la tierra, matando a casi todo lo que vive. Si alguna vez hemos necesitado una prueba de la indiferencia de la naturaleza para el bienestar de los organismos complejos como nosotros, ahí está. La historia de la vida en este planeta ha sido de destrucción despiadada y de ciega, tambaleante renovación.

El registro fósil sugiere que las especies individuales sobreviven, en promedio, entre uno y diez millones de años. El concepto de “especie” es engañoso, sin embargo, y nos tienta a pensar que nosotros, como homo sapiens, hemos llegado a una posición bien definida en el orden natural. El término “especie” se limita a designar una población de organismos que pueden cruzarse y producir descendencia fértil; no puede ser adecuadamente aplicado a los límites entre las especies (a lo que se suele llamar formas “intermedias” o “de transición”). No existió, por ejemplo, un primer individuo de la especie humana, y en la actualidad no hay individuos canónicos. La vida es un flujo continuo. Nuestros antepasados no humanos criados, generación tras generación, y de forma incremental engendraron lo que ahora consideramos como la especie homo sapiens — nosotros.  No hay nada acerca de nuestra línea ancestral o sobre nuestra biología actual que dicte la forma en que evolucionaremos en el futuro. Nada de lo dispuesto en el orden natural exige que nuestros descendientes se parezcan a nosotros de ninguna manera en particular. Es muy probable que no se parecerán a nosotros. Casi seguramente nos transformaremos, probablemente más allá de todo reconocimiento, en las generaciones venideras.

¿Será esto algo bueno? La pregunta presupone que tenemos una alternativa viable. Pero ¿cuál es la alternativa a tomar a nuestro cargo nuestro destino biológico? ¿Podríamos estar mejor simplemente dejando las cosas a la sabiduría de la Naturaleza? Alguna vez creí eso. Pero sabemos que la Naturaleza no se preocupa por las personas o por las especies. Los que sobreviven lo hacen a pesar de Su indiferencia. Si bien el proceso de la selección natural ha esculpido nuestro genoma a su estado actual, no ha actuado para maximizar la felicidad humana, ni necesariamente nos ha conferido ninguna ventaja más allá de la capacidad de criar a la siguiente generación hasta a la edad de procrear.  De hecho, puede que nada de la vida humana después de los cuarenta años (el promedio de vida hasta antes del siglo XX) haya sido en lo absoluto seleccionado por la evolución. Y con unas pocas excepciones (por ejemplo, el gen de tolerancia a la lactosa), probablemente no se han adaptado mucho a nuestro medio ambiente desde el Pleistoceno.

Sin embargo, nuestro entorno y nuestras necesidades — por no hablar de nuestros deseos — han cambiado radicalmente desde entonces. Estamos, en muchos aspectos, mal adaptados a la tarea de construir una civilización global. Esto no es una sorpresa. Desde el punto de vista de la evolución, mucho de la cultura humana, junto con sus fundamentos cognitivos y emocionales, debe ser un epifenómeno. La Naturaleza no puede “ver” la mayor parte de lo que estamos haciendo, o esperamos hacer, y no ha hecho nada para prepararnos para muchos de los retos que nos enfrentamos actualmente.

Estas preocupaciones no se puede hacer a un lado con refranes como: “si no está roto, no lo arregles”. Hay innumerables perspectivas desde las que nuestro estado actual de funcionamiento puede ser descrito acertadamente como “roto”. Hablando personalmente, me parece a mí que todo lo que hago cae en algún punto dentro del espectro de la discapacidad: Siempre he sido decente para las matemáticas, por ejemplo, pero esto es simplemente como decir que soy semejante a un gran matemático que ha sido corneado en la cabeza por un toro; y mi habilidad musical se asemeja al de un Mozart o Bach, es cierto, aunque después de un incidente casi fatal en la nieve; y si Tiger Woods se despertara de una cirugía para descubrir que ahora posee (o es poseído por) mi ‘swing’ de golf, puede estar seguro de que una enorme demanda de negligencia médica estaría en el horizonte.

Teniendo en cuenta la humanidad como un todo, no hay nada acerca de la selección natural que sugiera que nuestro diseño es óptimo. Probablemente ni siquiera estábamos optimizados para el Paleolítico, mucho menos para la vida en el siglo XXI. Y, sin embargo, estamos adquiriendo las herramientas que nos permitirán intentar nuestra propia optimización. Muchas personas piensan que este proyecto está plagado de riesgos. Pero, ¿es más riesgoso que no hacer nada? Es posible que existan amenazas a la civilización actualmente que ni siquiera podemos percibir, y mucho menos resolver, con nuestro nivel actual de inteligencia. ¿Podría alguna estrategia racional ser más peligrosa que seguir los caprichos de la Naturaleza? Esto no quiere decir que nuestra creciente capacidad para meternos con el genoma humano no podría presentar algunos momentos de extra-limitación Faustiana. Pero nuestros temores en este frente deben ser mitigados por un entendimiento sensato de cómo hemos llegado hasta aquí. La Madre Naturaleza no está cuidándonos y nunca lo ha estado.

Traducción: Mxkeptic

Página Original: http://www.samharris.org/site/full_text/the-edge-annual-question-20081

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