Porqué necesitas terapia


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En casi todos los países y comunidades alrededor del mundo, existe una sospecha central (normalmente no declarada) que surge cada vez que a alguien se le escapa decir que “van a terapia”: están locos.

Conseguir ayuda terapéutica debería (idealmente) ser una cosa ordinaria y completamente corriente, como cortarse el pelo o ir al dentista, pero sigue siendo un recurso muy peculiar y mal visto. Esto es, en parte, porque a la industria terapéutica en la actualidad se le ve muy poco impresionante. Algunas personas bastante torpes se emplean en ella, trabajando en precarias oficinas de sótano, a menudo con credenciales dudosas. Una miríada de servicios cuestionables se etiqueta bajo esta etiqueta multipropósito. Una industria que debería de ser tan dominante y económicamente importante como Audi o Nike lucha por tener algo de reconocimiento. Se está realizando mucho trabajo bueno, pero no es muy visible

Además, como si consideramos que la terapia es un procedimiento de emergencia, algo a lo que acudes porque tienes problemas grandes y alarmantes, naturalmente preferimos vernos como que no lo necesitamos.

Sin embargo, es precisamente la terapia lo que podría prevenir que desarrollemos estos problemas desesperados en primer lugar. “Hablar con alguien” (como dice el eufemismo) puede que sea el más fuerte y prometedor indicador de cordura posible. Debería ser parte de la experiencia cotidiana de todos en el mundo moderno.

Aquí están algunas de las razones por qué:


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Uno: Un terapeuta puede desenredar nuestros sentimientos confusos

Pensar en nuestras vidas es difícil, especialmente en la era del internet. Siempre hay un sitio de noticias (o un video porno) a un par de clics de distancia, asegurando que podamos evitar darnos cuenta de grandes y desafiantes cosas sobre nosotros.

Tal vez sabemos que necesitamos un cambio en nuestra carrera, pero rara vez parece un buen momento para analizar cómo y por qué. O puede que tengamos algún resentimiento contra nuestra pareja debido a ciertos incidentes molestos, pero evitamos fijar exactamente que es lo que, de hecho, nos tiene amargados o enojados. Pagamos un alto precio por tal auto-ignorancia: incontables agonías y errores provienen de no analizar adecuadamente nuestras confusiones internas. Escogemos el empleo equivocado; hacemos pareja con una persona destructiva y huimos de la correcta; gastamos el dinero a lo tonto y no hacemos justicia a nuestros talentos y aspiraciones más profundas.

Debido a que pensar en nuestra vida es tan difícil, ayuda enormemente pensar con alguien más en la habitación, un operador hábil que pueda decir ‘continúa… eso es fascinante…’, justo cuando estábamos a punto de renunciar o evadir una emoción incómoda. Su interés puede sostener y guiar el nuestro; su compromiso de dar sentido a lo que estamos sintiendo y diciendo nos da valor para adentrarnos más en el laberinto de nuestra psique. Ellos pueden hacer por nosotros lo que ningún amigo, no importa que tan bien intencionado, tiene la experiencia o paciencia para hacer: representarnos a nosotros mismos de manera precisa, cuidadosa y con cordura.


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Dos: La terapia nos ayuda a estar menos a la defensiva

Nuestro carácter está fuertemente reforzado por lo que los terapeutas llaman ‘defensas’: estrategias que nos impiden reconocer emociones y deseos dolorosos pero importantes.

Alguien nos gusta mucho pero, por miedo a ser rechazados, actuamos de manera distante y sarcástica. O somos profundamente ambiciosos económicamente, pero estamos tan temerosos de intentar y fallar al iniciar un negocio propio que lo desquitamos en una abstracción que amargamente llamamos ‘capitalismo’. O nos quedamos en el trabajo día y noche, siempre quejándonos de lo ocupados que estamos, porque estar en la oficina se siente más tranquilizador que cualquier otro lugar, por razones que nos eluden.

La terapia es un entorno seguro en el cual podemos descubrir más acerca de los orígenes de nuestras defensas, e idealmente, para deshacernos de algunas de ellas para poder llevar una vida más expuesta y a la vez más satisfactoria. Pagamos un precio demasiado alto por la aparente ‘seguridad’ de estas defensas: el costo de protegernos en un área es siempre una incapacidad en muchas otras.

El comportamiento defensivo requiere terapia, más que sólo una buena dosis de sentido común, porque nos aseguramos de negar nuestras maniobras si alguien las descubre de una manera demasiado directa. Ordenar nuestras energías para hacer frente a los aspectos más difíciles de nuestra conducta es una tarea ardua. Insistimos en querer culpar a otras personas o huir.  El terapeuta nos mantiene útilmente atados al tema que nos concierne, por el tiempo que sea necesario para que lleguemos a ser un poco más honestos y valientes con nosotros mismos.

Tres: La terapia fomenta una voz interior sensata

En el curso de nuestras vidas estaremos expuestos sin duda a un elenco de terribles modelos a seguir, y estamos en riesgo de internalizar su inútil (pero potente) manera de ver la vida. Los comentarios críticos y ofensivos de un grupo en la escuela se alojan en nuestra imaginación, así que seguimos escuchando los ecos de esos comentarios corrosivos (pero atractivos para nosotros) décadas después. Nuestra hostigada y apurada madre que no pudo darnos suficiente atención en momentos clave hace treinta y cinco años se convierte en nuestro molde imaginario de la comunicación íntima: las personas sólo se medio escuchan entre sí, siempre tendrán cosas más importantes que hacer que pasar tiempo con nosotros… O podría ser un padre malhumorado, quién nunca estuvo muy impresionado con nosotros, de quien internalizamos la idea de que las figuras de autoridad están siempre observando críticamente para ver cuando fallamos.


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Estas voces punitivas y debilitantes nos empujan hacia formas inútiles de interpretar nuestras experiencias. Soy asqueroso, nos decimos. En nuestras mentes escuchamos: por supuesto que fallé, obviamente esa persona no estará interesada en mi, no tengo ninguna oportunidad, tengo que dejar la sala impecable, sólo las peores personas dejan esas cosas hasta la mañana, sólo un desquiciado pensaría en eso durante el sexo…

Una de las tareas clave del terapeuta es exponernos con suficiente frecuencia a una perspectiva más sensata, respetuosa, razonable y realista que la nuestra. La esperanza es que no tendremos que depender de su presencia para siempre. Una versión buena del temprano y dañino proceso de internalización puede ocurrir, idealmente. La bondadosa y sabia voz del terapeuta debería convertirse en la nuestra. Deberíamos empezar a intuir lo que él o ella nos dirían en una situación determinada, y cuando ya no están, en momentos de crisis y soledad, podemos aprender a decirnos algunas de esas cosas importantes, apacibles y amables a nosotros mismos.

Cuatro: La terapia ayuda a las parejas a escucharse entre si.

Las relaciones pueden convertirse en concursos de gritos. Ambas partes están furiosas y listas para lastimar, con todo, ambos también están demasiado ofendidos para escuchar. En situaciones tan caóticas, un terapeuta puede convertirse en un moderador sabio, permitiendo que cada persona diga lo que tiene que decir, apoyando a ambas partes, sin tomar partido. La terapia se convierte en un seguro y diplomático camino alterno, lejos de la guerra declarada de la vida doméstica. El terapeuta puede ayudar a la pareja a ver que detrás de la furia de una persona existe dolor y una historia de traición. O podría hacer que alguno de ellos se de cuenta de lo que se siente ser el que recibe un silencio hostil o cuestionamientos controladores. Él o ella pueden mantener a ambas partes lejos de sus gargantas por el tiempo suficiente para que puedan empezar a entender por lo que está pasando su previamente caricaturizado oponente.


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Todo esto podría parecer muy alejado del romanticismo, pero si por romántico uno quiere decir comprometido con el desarrollo y el crecimiento del amor, entonces no puede haber nada más romántico que atender los resentimientos de una pareja antes de que éstos hayan corroído toda capacidad de deseo y ternura.

***

Lejos de ser una auto-indulgencia, someterse a terapia es una de las cosas más generosas que podríamos hacer por todos los que viven a nuestro alrededor. Quienes han pasado tiempo en terapia son, si el proceso ha funcionado aunque sea moderadamente bien, mucho menos peligrosos de tener cerca: un poco más capaces de advertir a aquellos que dependen de ellos de lo frustrantes y peculiares que pueden ser a veces. Nos lo debemos a nosotros mismos, y no menos importante, a los que nos aman, el tener el valor en nuestras manos de ir a “hablar con alguien” inmediatamente.

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